martes, 4 de mayo de 2010

HIMALAYISTAS DE SALON (por José Manuel Herraiz)

Tras haber seguido en las noticias de prensa, la televisión, la radio, la tragedia sufrida estos días atrás en el Annapurna, creo que es en el escrito de José Manuel Herraiz donde se refleja de una forma clara y natural lo que alguien tenía que decir.

HIMALAYISTAS DE SALÓN, Por José Manuel Hérraiz, compañero, editor y guionista de varias expediciones de Carlos Pauner.


Conozco a Carlos Pauner desde el año 2002. He sido editor y guionista de los documentales sobre sus expediciones al Makalu, Kangchenjunga, Gasherbrum I, Cho-Oyu, Everest y Nanga Parbat. En 2005, tuve la oportunidad de acompañarle en su fallida expedición a la montaña más alta de la tierra. Compartí con él, junto a Javier Pérez, Jesús Calleja y los componentes de una expedición mallorquina, cuarenta días sobre la morrena del glaciar del Khumbú, a 5.500 metros de altitud. Allí conocí a Tolo Calafat. "Tolito" era un chaval encantador, buena persona, deportista de una fuerza descomunal, y hombre sentimental que lloraba después de hablar con su mujer y su hijo, a los que echaba terriblemente de menos en aquel desierto helado. Tolo era un hombre lleno de dudas. A menudo se preguntaba en voz alta sobre su capacidad para alcanzar la cima de la gran montaña y sobre su vocación de himalayista. Tras hablar por teléfono satélite con su familia solía preguntarse: "¿Qué demonios estoy haciendo aquí?". Sin embargo, cuando llegaba el momento de partir hacia los campos de altura, el espíritu de superación del grandísimo deportista que llevaba dentro, le empujaba a emprender el camino con los demás, sin una protesta, lleno de ambición por alcanzar la cima.

Con estos antecedentes, por mi estrecha relación con algunos de los protagonistas de la historia, podría pensarse que estoy en situación privilegiada para analizar la tragedia ocurrida en el Annapurna. No es verdad. En este complicado mundo del himalayismo, donde se mezclan desordenadamente el espíritu deportivo, el profesionalismo y hasta el orgullo nacional, existen dos tipos de personas. Aquellas que conocen la zona de la muerte por encima de los 7.500 metros y han respirado su aire finísimo, y los que no. Los que han experimentado el cansancio infinito de jornadas interminables en los días de cima, y los que han oído hablar de ello. Los segundos son, somos, himalayistas de salón.

De algo sí me han servido mis conocimientos teóricos y mi relación personal con montañeros de prestigio. Consciente de la dificultad extrema de este deporte, del peligro mortal al que se enfrentan sus practicantes -sin parangón con ninguna otra actividad- , pongo especial cuidado en reflexionar e informarme muy bien antes de valorar los comportamientos que se producen allá arriba. No todos hacen lo mismo. En los días posteriores a la desgraciada muerte de Tolo Calafat, se han podido leer en los medios de comunicación, acusaciones más o menos veladas, dirigidas contra Carlos Pauner y Juan Oiarzabal. Desde Mallorca, personas cercanas a Tolo afirman que sus compañeros de expedición no hicieron lo suficiente por salvarlo. Leo en el Diario de Mallorca que "la tragedia que costó la vida al mallorquín, dejando viuda y dos huérfanos de padre, lleva camino de suponer un severo antes y después en el prestigio de sus dos compañeros de cordada". El dolor por la pérdida de un ser querido en los más cercanos puede disculpar, en parte, algunas actitudes. Respecto a los demás, no hay disculpa posible. Acusar a Pauner y Oiarzabal de no haber hecho lo suficiente por su compañero, de abandonarlo a su suerte, es una injusticia mayúscula. Una canallada. No solo hicieron todo lo que pudieron por salvar a Tolo, sino que arriesgaron su vida permaneciendo en el campo 4 en condiciones lamentables. Y lo hicieron porque, para ellos, Tolo era especial.

Pauner y Oiarzabal son hombres curtidos, extraordinariamente duros, que quizá no dejan traslucir con facilidad la hondura de sus sentimientos. Son supervivientes. Sin embargo, ellos, como Javier Pérez, como los doctores Morandeira y Nerín, están rotos por dentro. Las declaraciones de Oiarzabal sobre los sherpas de la expedición coreana y sobre su líder, Oh Eun Sun, hay que interpretarlas, forzosamente, teniendo en cuenta las circunstancias terribles que estaba viviendo. La entereza del montañero vasco no debe confundirnos. Acababa de perder a un amigo muy querido y regresaba de un esfuerzo brutal en la altura extrema, que había estado a punto de costarle la vida.

Durante el descenso del Kangchenjunga, en 2003, Carlos Pauner quedó rezagado de sus compañeros de expedición y no pudo alcanzar el campo 4. Nadie le esperó. Al día siguiente, Mario Merelli y Silvio Mondinelli partieron hacia el campo base con la certeza de que no volverían a ver con vida a su amigo. Carlos protagonizó un descenso agónico, con dos noches a la intemperie, salvando milagrosamente la vida. He hablado con él en infinidad de ocasiones sobre aquellos difíciles momentos. Jamás le he escuchado un reproche, ni el más mínimo, sobre la conducta de sus compañeros de expedición. Jamás. Las normas del himalayismo a este respecto son muy claras: por encima de los siete mil metros, el alpinista sólo depende de sí mismo para conservar la vida. Permaneciendo en el campo 4, Carlos Pauner, Juan Oiarzabal, el rumano Colibasanu y los sherpas Sonam y Dawa, rompieron esa regla. Y lo hicieron por Tolo Calafat.

A "Tolito" se le rompieron el cuerpo y la mente en las laderas del Annapurna. Alcanzó un grado de agotamiento tan extremo, que cayó para no levantarse más. ¿Cómo sería ese cansancio para que un hombre como él, corredor de maratones y carreras de montaña, no pudiera superarlo? No lo sé. No puedo imaginarlo. Los que acusan con ligereza, los calumniadores, tampoco pueden hacerlo. Después de todo, solo son, somos, himalayistas de salón.

José Manuel Hérraiz

2 comentarios:

cansamontañas dijo...

Es un buen artículo que nos sitúa un poco mejor a todos a la hora de opinar sobre esta tragedia. Pero parece que hasta los himalayistas verdaderos, como Juanito, también meten la pata y reprochan a otras expediciones su falta de solidaridad o hasta que han retirado cuerdas. Todo eso que nos llega hay que cribarlo mucho, porque la historia se ha desarrollado muy, muy lejos, en otro mundo. Pero aún así parece que Oiarzabal habla demasiado.

Manumar dijo...

Todos metemos la pata, todos deberíamos pensar dos veces lo que decimos o hacemos.....y qué difícil es. Más en situaciones extremas, en donde el agotamieto te pasa factura a todos los niveles, y a eso añádele el caracter de cada uno.

Sobre todo, me sorprendía durante estos días la ligereza con la que la gente criticaba y manifestaba sus opiniones tachando veladamente de insolidarios a quienes creo que no lo son y tampoco creo que lo han demostrado en este caso. Pero así son las cosas, siempre hay gente deseosa de echarse al cuello de quien sea, aunque no sepan de lo que están hablando.